El ozono es un gas sorprendente que tiene, valga la comparación, dos caras. Siendo una variedad del oxigeno, este gas es, a su vez, inestable y venenoso; tanto, que, en cierto sentido, supera a la estricnina e incluso a las sales de cianuro potásico. La razón es bien simple: una molécula de ozono consta de tres átomos de oxígeno, uno de los cuales se desprende con gran facilidad. El átomo superfluo puede acarrear muchos males: el oxígeno elemental es un oxidante fortísimo.
El hombre aprovecha ampliamente las propiedades del ozono como oxidante. Dicho gas puede servir de desinfectante, blanqueador, desodorante y esterilizador del aire para los asmáticos. Hace mucho fue demostrado que la depuración del agua potable mediante la ozonización es mucho más eficaz que su cloración: el ozono extermina sólo bacterias y virus, y lo hace cien veces más rápido que el cloro sin formar combinaciones nocivas para la fauna de los ríos y lagos. Destruye los restos de los pesticidas y detergentes y, cumplida su noble misión, desaparece sin dejar sabor ni olor específicos.
No obstante, ya en la segunda mitad de los años cuarenta los comerciantes de recambios para automóviles de Los Ángeles notaron que en los neumáticos que permanecían almacenados largo tiempo, aparecían profundas grietas. Poco después se alarmaron las amas de casa: las bañeras de goma, que en aquel entonces estaban de moda y a las que la publicidad aseguraba cinco años de garantía, no aguantaban ni un año.
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